En Memoria del Rabino Enrique Huamán Aranda (z’l)
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Querida familia, amigos y hermanos en la fe:
Hoy se cumple el primer año desde que nuestro padre, el Rabino Enrique Huamán Aranda, partió a los Atrios de la Casa de nuestro Salvador. Ha sido un año de profundas ausencias en lo familiar y en lo comunitario, pero también un tiempo para contemplar con asombro y gratitud la inmensa semilla que dejó plantada en cada uno de nosotros.
Quienes lo conocimos de cerca saben que su historia con el Eterno comenzó temprano. A los 25 años tuvo ese encuentro personal e impactante con Yeshúa que cambió el rumbo de su vida para siempre. Desde ese momento, el entonces joven Enrique sintió una urgencia incontrolable por compartir el mensaje de salvación y enseñar la Palabra a quien se cruzara en su camino. Poco tiempo después, al redescubrir y abrazar con pasión sus raíces hebreas, su visión teológica se completó, guiándolo a tender un puente de amor y entendimiento entre judíos y gentiles.
Estudió, se preparó en teología y misiones, y recorrió distintas poblaciones del Perú llevando una fe viva. Y fue justamente caminando en ese ministerio donde el Señor bendijo su vida con nuestra madre, Guadalupe (Lupita como le gusta que le digan). Juntos formaron un hogar, nos criaron a nosotros, Israel y David, bajo los valores de la Torá, y convirtieron su propio testimonio familiar en el motor de su servicio.
En el año 2001, sin grandes recursos materiales pero con una confianza ciega en Di-s, Enrique junto a su dieron el paso de fe más importante de sus vidas: fundar la Congregación Judía Mesiánica Bejatzrot Yeshúa (Atrios del Salvador). Dos años más tarde, en 2003, llegó su ordenación formal como Rabino Mesiánico y el reconocimiento de nuestra kehilá como la primera en su tipo en el Perú, uniéndonos a la Alianza Internacional (IAMCS). Posteriormente en el 2024 también a la Messianic Jewish International Council (MJIC).
Como Rabino Principal, no lideraba desde una posición de distancia; lideraba con amor, verdad y una gracia que abrazaba a todos por igual. Su meta siempre fue ver a los suyos crecer, llevarlos a la madurez espiritual y enseñar a dar frutos de rectitud. Conferencias internacionales, programas de radio, televisión… el rabino aprovechaba cada puerta abierta por el Señor para mostrar, de forma bíblica y práctica, la belleza de Yeshúa.
Hoy, en su Azkará, o al recordar este primer aniversario de su partida, no nos quedamos en el dolor de la pérdida. Elegimos recordar su sonrisa, su calidez al saludarnos, la firmeza de sus enseñanzas y la unción con la que cantaba llamándonos a despertar. Elegimos celebrar una vida de más de 50 años de servicio ininterrumpido.
Como sus hijos, y en nombre de toda nuestra familia, quiero agradecerles por haber caminado a su lado y por seguir sosteniendo este sueño. La tarea que él comenzó en Bejatzrot Yeshúa sigue adelante. Su legado está vivo en cada oración, en cada Shabat y en cada vida transformada en esta casa.
Nos reconforta la esperanza inquebrantable de la resurrección y saber que su alma descansa en el Gan Eden, disfrutando de los atrios de su Salvador. Su recuerdo sigue siendo una bendición y una guía para nosotros hasta el día en que veamos el Reino de Di-s plenamente establecido.
Un Rabino de gran renombre, comprometido con su comunidad, demostró una disciplina inquebrantable en el estudio de la Sagrada Escritura. Apreciaba profundamente las festividades y expresaba su gratitud con sinceridad. Era un individuo de carácter puro, poseedor de una voz singular que utilizaba para entonar cánticos de alabanza a Di-s. Sus banquetes eran abundantes y sus celebraciones memorables. Además, se caracterizaba por su celo en la administración de los asuntos divinos, tal como lo hizo durante su servicio, y por su dedicación a la formación de futuros líderes y dirigentes.
Es difícil concebir una trayectoria más ejemplar. El Rab. Enrique culminó su carrera, y a lo largo de su camino, nos permitió percibir la voz del Creador. Su melodía perdura en cada uno de nosotros, y su memoria constituye una fuente inagotable de bendición.
Zijronó librajá.
“Zejer tzadik livraja” – La memoria del justo es una bendición.
con amor
Israel y David Huamán



